Misterios

La maldición de Tutankamón: lo que inventaron los periódicos en 1923

Por Lunaple · 19 de agosto de 2026 · Español
Ilustración estilizada de una cámara funeraria egipcia con jeroglíficos dorados en las paredes, una antorcha encendida y sombras dramáticas, sin texto ni personas reales.

La «maldición de los faraones» es, según documenta la Encyclopaedia Britannica, una leyenda creada por la prensa en 1923 — no por los antiguos egipcios. Y la refutación más contundente la dio Howard Carter sin decir una sola palabra: simplemente vivió hasta 1939.

¿Qué pasó realmente cuando abrieron la tumba?

En noviembre de 1922, Howard Carter abrió la tumba de Tutankamón. Él mismo lo narró con todo detalle en The Tomb of Tut·ankh·Amen, la obra en tres volúmenes que escribió junto a A. C. Mace y publicó Cassell entre 1923 y 1933. Es el relato primario, de primera mano, del descubrimiento. No hay mención a ninguna maldición — porque Carter era arqueólogo, no guionista de terror.

Entonces, ¿de dónde salió «la maldición»?

De los periódicos. Así de sencillo. Según la Encyclopaedia Britannica, la leyenda de la maldición fue una creación de la prensa en 1923, disparada por la muerte de Lord Carnarvon — el aristócrata que financió la excavación — a causa de una picadura de mosquito infectada. Una picadura de mosquito. No un conjuro milenario, no una trampa oculta en la piedra: una infección, en una época sin antibióticos modernos, en Egipto. Los titulares, claro, prefirieron la versión más cinematográfica.

Y una vez que el morbo estaba en el aire, cada muerte vagamente relacionada con la expedición se convirtió en «otra víctima de la maldición». Así funciona el sesgo de confirmación: buscas el patrón y lo encuentras en todas partes, aunque no exista.

¿Y Howard Carter, el hombre que abrió la tumba con sus propias manos?

Vivió hasta 1939. La Encyclopaedia Britannica lo cita expresamente como la refutación estándar de la leyenda: Carter, quien estuvo más en contacto con la tumba que nadie, llegó a los 64 años. Si algún faraón tenía pensado lanzar una maldición, claramente falló con el objetivo más obvio.

¿Por qué seguimos creyendo en ella, entonces?

Porque una buena historia siempre gana a los hechos en velocidad de propagación. En 1923 no había redes sociales, pero sí había periódicos con tiradas masivas y lectores ávidos de misterio. La maldición de Tutankamón fue, en esencia, el viral de su época. Y una vez que algo entra en el imaginario colectivo como «leyenda», sobrevive a todas las desmentidas — incluida la de un arqueólogo que tuvo la descortesía de no morirse.

Así que la próxima vez que alguien te hable de la maldición de los faraones con cara de misterio, ya sabes qué responder: fue una picadura de mosquito y un buen titular. Lo demás es folklore moderno.

Fuentes:
  • Howard Carter y A. C. Mace, The Tomb of Tut·ankh·Amen (Londres: Cassell, 1923–1933, 3 vols.) — relato primario de la apertura de la tumba en noviembre de 1922.
  • Encyclopaedia Britannica, artículo «curse of the pharaohs» — historia documentada de la leyenda creada por la prensa en 1923 tras la muerte de Lord Carnarvon, y la longevidad de Howard Carter como refutación estándar.

Este artículo se ofrece con fines culturales e informativos, no como predicción ni como afirmación de creencias sobrenaturales.

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